De qué hablamos cuando hablamos de Movilidad No Motorizada

 

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Desde las diversas plataformas que ocupamos los actores involucrados en el tema de ciudad, seamos activistas, funcionarios públicos, consultores, etc., apelamos al concepto Movilidad No Motorizada (MNM) cual mantra que repetimos una y otra vez. No decimos movilidad en bici, no decimos movilidad a pie. No, decimos Movilidad No Motorizada.

Como sociedad civil organizada hemos permeado a tal nivel el discurso de la MNM que ya varios estados y ciudades del país cuentan, en distintos niveles de gobierno, con una dirección, coordinación, comisión, oficina o encargado en el tema cuya labor es la de promover e instrumentar políticas públicas que incentiven estas formas (en plural) de movilidad en nuestras ciudades.

Aun así, constantemente me pregunto si realmente estamos siendo incluyentes cuando usamos la etiqueta de la Movilidad No Motorizada en las acciones que impulsamos para construir la ciudad que argumentamos querer para todos y si lo que hemos avanzado empieza a cumplir con su objetivo.

Hablando de los de a pie y los de en bici, la gran mayoría de los ciudadanos asumimos que la infraestructura para los de a pie siempre ha estado ahí; que todo este tiempo que nos hemos dedicado a construir ciudades para los autos les hemos dejado su pedacito de banqueta y que, mal que bien y aunque jodida la banqueta, ellos “por lo menos” si tienen donde andar de forma segura, pero los de en bici no. Circunstancia que si bien es real, es una realidad parcial. Porque no, la banqueta no es segura y muchas veces ni a pedacito llega.

Hace unas semanas llegué a pie a mi casa, un ejercicio que caí en la cuenta tenía mucho no hacía pues casi siempre me muevo en bici. Como peatona me vi en la dificultad de tener que resolver mi trayecto usando tiempos muertos para autos de los semáforos, usando mobiliario urbano como escudo para protegerme, haciendo toda clase de zigzagueos para librar cruces de forma medianamente segura (aunque eso implicara mayor distancia de recorrido), caminar en el arroyo vehicular para evitar diminutas banquetas ocupadas por postes, teléfonos y rampas, solo por mencionar algunas. Un sinfín de circunstancias a las que como ciclista no me enfrento, de hecho mi traslado en bici es por mucho más cómodo, agradable y seguro aun cuando no circule por carriles especiales para la bici o por calles que cuenten con un mínimo de infraestructura para ello.

La razón creo yo, tiene que ver con que la bici puede moverse en el sistema vial actual donde es posible adaptarse al flujo y los dispositivos que regulan el uso del arroyo vehicular y transitar en una continuidad de calles, librar cruces con tiempos semaforizados establecidos para ello y en general usar los códigos de circulación y la infraestructura construida pensando en los autos. Los peatones no.

Los peatones llevan por mucho las de perder y a gran nivel, los ciclistas (y los ciudadanos en general) rara vez lo asumimos con la conciencia que deberíamos. Habrá más de uno de #losdelamovilidad que apunte que no, que si nos queda claro. Voy a tener que insistir que no, que no nos queda claro aún.

Direcciones, coordinaciones, comisiones, oficinas, encargados de Movilidad No Motorizada a lo largo y ancho del país hay. Los logros más palpables y reconocidos que podemos presumir en el tema son los sistemas de bici pública, las ciclovías, los estacionamientos para bicis, alguna que otra calle completa, un par de calles compartidas y ya. Pero ¿cuántas calles nuevas de prioridad peatonal hay, cuántos programas de rehabilitación de banquetas, de cruces seguros o de infraestructura universalmente accesible existen, emanados de una política de MNM que priorice y destine recursos para mejorar las condiciones de quienes caminan?

Tal pareciera que nuestra política de Movilidad No Motorizada se reduce a promover e incentivar únicamente la bici como medio de transporte, situación que es comprensible hasta cierto punto pues la sociedad civil organizada lleva años promoviendo el tema y posicionándolo en la agenda pública, lo que se ha traducido en una política centrada en ello pero que, por otro lado, ha desatendido las necesidades de quienes se desplazan a pie, incluidos los peatones personas con discapacidad (a las que comúnmente llamamos “discapacitados” evidenciando nuestra falta de conocimiento sobre el tema) y los grupos vulnerables como niños, adultos mayores, invidentes, débiles visuales, personas que empujan carriolas, que usan bastón, muletas, y que simplemente quedan fuera del campo de acción.

Hemos concentrado los esfuerzos de la política de Movilidad No Motorizada en la bici, asumiendo que el peatón puede esperar un poco más pues tiene por donde moverse, sin detenernos a reparar que, de seguir así y no reformular la estrategia pronto, estamos muy cerca de repetir el esquema de segregación auto-bici, pero en este caso bici-peatón.

Si bien el discurso lo tenemos ganado, las grandes transformaciones que se están generando en nuestras ciudades no, necesitamos redoblar esfuerzos en evidenciar la importancia de voltear a ver la Movilidad No Motorizada en todos sus componentes y trabajar de manera integral, pero sobre todo, inclusiva.

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